viernes, 29 de agosto de 2014

La abuela y mis zapatos

Sintiéndose abatida, sus gestas se limitaban a observar, sus fuerzas mermadas por la edad la hacían enmudecer, silencios que contaban toda una vida, grabados en aquellas pupilas que solo se tornaban cuando un sigiloso quejido se escapaba de entre sus labios, cortados y agrietados por el paso del tiempo. Tiempo que se le hacia infinito, ¡cuándo, una expresión hablo tan claro....! Pero un día más, su clemencia no fue escuchada, volvería a tornarse efímera su mirada, a enmudecer su alma, a contarlo todo en sus pupilas y a quejarse silenciosa de sí misma, por tener aún fuerzas para soportar un nuevo día en el que ya su historia no escribe nada nuevo. Esa historia que ya en años quedo terminada en hazañas, pero no en sufrimientos, esos no se pierden, esos se hacían presentes cada vez que brotaban lágrimas de aquellas enormes pupilas verdes, que contaban todo sin hablar. Generosa hasta el final, no quiso contar con su mirada que su clemencia había sido escuchada, sólo señaló mis zapatos y sin pensar se los puse, le estaban grandes, pero no importaba, sólo era un juego, creía..... Y mi viejita se marcho, se marchó sin hacer ruido, aquella que en un tiempo fue joven y hermosa se fue, se fue silenciosa, como en años estaba haciendo, sigilosa, frágil, tierna, regalándome más amor infinito del que no piensas existiera, de ese que se siente en el alma y convive en tu recuerdo, me regaló el todo, a cambio de unos simples zapatos. Un beso abuela, nos vemos en mis sueños.

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