jueves, 17 de abril de 2014
Aveces cree oír un aplauso.
Había estado muchos años dando tumbos sola por la vida, muchos la observaban y le criticaban, sobre todo por su aspecto, se había abandonado por completo. No era ni la sombra de lo que fue antaño, era irreconocible, por eso no miraba a los ojos cundo le hablaban, sentía tal verguenza que le aplastaba por completo.
Recorría las calles sola, para poder llorar tranquila sin testigos, esos que miraban pero nunca ayudaban. Andaba sin parar y en sus caminos encontró de todo, era su mundo aparte, que comenzaba a partir de cerrar la puerta de su casa para salir a la calle.
Había veces que no se explicaba, como sus hijos salían adelante, ella no era madre, era un falso proyecto con capacidad de engaño, pero nunca a si misma, su máscara tampoco le miraba a las ojos y la verguenza le pegaba tortas en la cara para que espabilara de su letargo.
La tristeza somatizaba su salud y más se deterioraba, aveces pensó en morir, pero era un ser cobarde.
Solo se aferraba en soñar despierta, de que alguna vez su vida le regalara la oportunidad de sonreír.
Sus problemas de salud por no querer vivir, le llevaron a un quirófano, donde tuvo una mala experiencia con la anestesia, fue ahí donde reacciono y vio la gran cantidad de tiempo perdido e irrecuperable.
No habló con nadie, pues ya se sabía sola, empezó a cambiar su vida sin pedir permiso, ya tenía edad de hacer y deshacer por sí misma. Manos a la obra, empezó a recuperar parte de su físico y ha sentirse más completa.
Cuando su sonrisa brotaba sus hijos lo notaban y ella empezaba nuevamente a ser madre, aunque sus lágrimas no se marchaban por completo.
Hubo un hombre en su vida, el mismo que la anuló y la apartó al lugar de los apestados. Ella se enamoro de lo distinto y eso mismo le llevó a una tortura mental. No sabía si era un hombre sensible o su tendencia sexual estaba equivocada. Hasta se armó de valor y le preguntó, él estaba algo más receptivo al ver su cambio y por momentos pareciera ser una persona nueva.
Pero a quien iban a engañar, aquellas miradas nunca se cruzaban, sus máscaras impedían que calaran sus miradas.
Ella sabía que no tenía vida, pero su cobardía la envolvía en papel lija y le raspaba el alma.
Deseaba con sumo cuidado, ya la vida le premio en algunos deseos que se convirtieron en infierno.
Y ahí está, sola, danzando en el teatro de su vida, esperando el siguiente acto y deseando tímidamente un final con aplauso incluido.
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