Era la necesidad de contar lo que sentía lo que le llevaba a escribir, poder vaciar su interior para escucharse en su escrito.
Solía nadar en su mente y recrearse en la frescura que le proporciona su mar interior. Provoca ligeramente los sentidos con las yemas de los dedos, para salir impulsada por un calambre de realidad que le hace plasmar lo que cobija en su interior.
Es sólo su juego, su distracción, su evasión, sus ganas de sentir la vida y disfrutarla lo que le lleva a perderse en su imaginación y hacer de ella un relato en el que manda su estado emocional.
Es la tarde de un Viernes Santo en un pueblo a la orilla del mediterráneo, la brisa acerca el aroma a flores y cera caliente de la procesión que tímidamente recorre las calles, mientras, el pueblo devoto le canta saetas y lo mece suavemente.
Ella aguarda en un callejón cogida de la mano de su amor, espera el momento de cruzar una mirada con su señor y darle gracias por otra primavera más.
El sol ya se despidió y la brisa y el olor a mar le calan en su espera, la despeina hermosa y le brilla la mirada, el señor esta más cerca. Los tambores repican, las mantillas rezan y los nazarenos le iluminan, pasos procesionales que arrullan a nuestro señor.
Sensaciones salpicadas de olores, sonidos e imágenes alborotando a flor de piel, tarde noche exuberante y prodigiosa a los pies de nuestro señor Jesucristo.
Ventanas enrrejadas cargadas de geranios, balcones engalanados y vecinos ataviados con sus mejores galas, visten a este Viernes Santo, gozo de los habitantes del pueblo y por supuesto para el disfrute de ella y su amor, que sentados a la orilla del mar la luna les regala su reflejo y da brillo a una noche preciosa, preludio del amor que ambos se procesan.
Pasado el día sus recuerdos empiezan a brotar y es su interior el que acoge para no olvidar.

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