Corrían tiempos de esplendor y aquél negocio que fundaron con tanto trabajo brillaba con luz propia.
No necesitaba más que dejarse llevar, daba beneficio y el trabajo realizado les procuraba satisfacción.
Era un buen momento para tener descendencia y así lo decidieron, vinieron al mundo unos hijos maravillosos, que con el paso del tiempo se convertirían en lobos con piel de cordero.
Lobos que se unirían con otros de la misma calaña, haciendo de la necesidad de comer, un hambre voraz difícil de contentar.
Lapidando así lo creado por sus progenitores, algo que al fin y al cabo no les pertenecía, era una cesión momentánea para prosperar en sus vidas.
Hijos que equivocaron su forma de vivir, los derechos y las obligaciones, que creyeron comerse el mundo, cuando era el mundo quien se les iba a comer.
Fueron cayendo las torres, desde la más alta a la más pequeña y cuando no quedaba más por caer, aún podían oírse los gemidos de los lobos peleando por los restos caídos.
Ninguno de la jauría se percata de lo más importante, allí en pié está el hombre que luchó y trabajó por un bienestar, hoy destruido. Que con los ojos brillantes mira al cielo y se pregunta......
¿Que hice mal?,....¿dónde fallé?
Sólo le queda la resignación de pensar... que lo que con el llegó, con el se va, porque a él poco tiempo le queda ya.
lunes, 24 de febrero de 2014
En el escaparate del equívoco.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario