lunes, 6 de julio de 2015
Tristeza
La desilusión fue inundando sus pupilas, hasta que se colmaron de infelicidad.
Infelicidad enjuagada en una fina lluvia con toques a sal, ésta rebosante se escurrió sin vacilar, sobre unas mejillas sonrojadas y unos labios que esperaban su toque a sal.
Las manos secan su cara y se esconden entre el cabello, rebelde por el viento, en un intento vano de apartar la infelicidad.
Fue esa lágrima, la que recorrió hasta su boca, la que le salvó de llorar transportando sus recuerdos a orillas un mar.
Son esos minutos tan hastiados, los que nos hacen llorar, los que también tienen el poder de hacernos sosegar.
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