Y se tocaba la nariz con la punta de los dedos, fríos de jugar en el suelo, rodillas sucias y sobre todo dulzura. Le contaba al oído, a la que por unión pudiera ser su hermana, historias sin sentido para hacerla reír y se reían tanto que se les podía oír a metros en la calle. Esas sonrisas que alimentaban el aire, se grababan a fuego en sus retinas, ellas no conocían el poder de sus sonrisas, sólo se divertían como niñas y creaban sin saber la mejor magia. Palmadas al suelo y cromos volando, cajas de galletas, muñecos de papel, elásticos y combas. Más confidencias al oído y risas al aire, que el viento llevaría por las calles y el tiempo transportaría a sus retinas con el paso de los años, para regalarles otra vez aquellas sonrisas en forma de recuerdos y descubrir así, la magia que escondían las risas de su infancia.
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