jueves, 27 de noviembre de 2014

Castillos de arena.

Su belleza se tornaba fría y dura, pero sin duda espectacular. El hombre con poder la anhelaba y ella se vendía al mejor postor. Se dejó caer suave en los brazos del poder, sin darse cuenta que sería su castigo. Disfrutar de los logros de otro, sin trabajo alguno, le reportaba un placer casi orgasmico. Pensó que podía vivir sin amor, ella hacía con su cuerpo, no más que una transacción económica. El paso de los años la trataba muy bien y vendía su amor como sí de cuento sobre papel se tratara. Nunca se paró a reflexionar hasta que un día despertó en la realidad, se había enamorado del hombre y no del poder, fue ahí, donde empezó su castigo. Empezó a saber lo que es miedo, miedo a envejecer, miedo a perder lo que se ama. Ella sabía que los hombres sólo veían su físico y nunca le había importado, pero hoy era diferente. El miedo le enseñó el camino de la no autoestima y poco a poco se vio deteriorar. Ahora sí necesita amor, un amor del que carecía, aquel que nunca tuvo y hoy quería obtener. La vida le entregaba, no más, lo que sembró, así que, ésta vez fue el poder quien la cambió y nunca pudo dulcificar su belleza que ésta vez se torno en amarga y triste.

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