lunes, 3 de noviembre de 2014

Picantón, pero siempre sutil, nunca obsceno.

Sí quería, podía transportarme a todo un mundo de placer. Durante el día, iba y venía con pequeños susurros al oído, que hacían despertar mi fuego interior, que a la par que, lo avivaba con algún beso, lo dejaba reposar en cálidos rescoldos, para reencenderlo con fuerza con alguna sutil caricia en el lugar adecuado. Sabía como tenerme dispuesta en cualquier momento, aveces llegaba a un punto de excitación que perdía el control y era el mismo quien me retaba a controlarme, juego peligroso, que no sé, si me apaciguaba o me excitaba aún más. Como hembra agitada pasaba el día, deseando cayera el sol para perder la compostura y poder dar rienda a mis deseos. Caída la tarde y refugiada en la tenue oscuridad del momento, busco a mi hombre, cual perdido sabe, que solo puede hacerme suyo y cumplir con lo prometido por el día. No importa el lugar, voy hacia él y sin mediar palabra me besa con tanta fuerza que me golpea contra la pared, ejerce su fuerza contra mi, retiene nuestras ganas llevándome despacio hacia la cama, lugar donde me dejaré llevar entre sábanas. Goza del maná de entre mis muslos y nos fundimos en un sin fin de caricias, llegando esta vez sí, al más hermoso de los placeres entre un hombre y una mujer.

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