Empezaba a tener miedo, y es que su tiempo se acababa y éste, venía a cobrarse lo que era suyo, llegaba decidido y falto de sentimientos.
Y así, le arrancó de sus brazos lo que más quería, su hijo, dejándolo inerte en el suelo. Ella, sin dar crédito a sus ojos enloqueció, sumiéndose en la más profunda de las demencias.
Tomó a su bebé del suelo y lo acunó como si nada hubiera sucedido, y así, pasaban las horas y los días acunando a un bebé cadavérico, mientras el tiempo iba descontando deudas y cobrándose momentos.
Su locura se había convertido en la mejor de las aliada.
Un día, pasó por allí la cordura en forma de visita, quedando sorprendida del hallazgo, fue en ese momento cuando el tiempo termino de cobrar su deuda, despojándole otra vez de lo que más amaba.
Ella, terminó sus días en un oscuro hospital de mentes perdidas, acunando y cantando nanas mientras se mecía en una silla.
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