María, una chica humilde, trabajadora y cándida algo poco usual en esos tiempos. Era éso, su candidez lo que enamoraba a todos y la hacía aún más bonita si cabía.
Alguien la observa y fija en ella sus ojos, alguien que ya hacía suponer que conseguiría su desprecio. Éste era un ser mayor que disfrutaba con su mirada lasciva y pensamiento sucio a cerca de aquella cándida muchacha. Éste se dejaba llevar por los más bajos instintos y se regocijaba en su ira, alimentándose de sus malos pensamientos, mientras la observa escondido tras los callejones de las sombrías calles del invierno.
María levanta pasiones entre los jóvenes y ella queria dejarse querer por uno de ellos. Se despertaba en ella lo natural de la edad, y comenzaba una aventura preciosa de mariposas, besos y caricias, sin saber que era observada por aquel ser despreciable.
A la caída de la tarde se reunió con el joven al que entregó su corazón y un beso furtivo le robó. Momento de amor que disfrutó y que nunca más repitió.
El que observaba rabiaba y se enredó en su oscura pasión, cuando del joven se despidió, la siguió, la abordó y de ella disfrutó, dejándola mal trecha en un rincón, rota de corazón y señalada sin razón. Su joven amado la repudio y su belleza en tristeza de transformó.
De aquella brutal agresión ella preñada quedó y hasta sin padres se vio, el que dirán los transformó en seres insensibles sin corazón.
Un mundo desmoronado por culpa de la sin razón, historias de amor escritas en papel mojado, por lágrimas que empaparon el cajón en que se guardaron.
Su vientre engendró el hijo del desamor, que a los siete meses la vida le dio, desvalido y sin protección.
Nació barón un pobre inocente, que no sabe que sobre el, la vergüenza se cierne.
Su instinto de protección se activó, en sus brazos lo cogió, su sufrimiento se atenuo y una lleve sonrisa floreció.
Parto desgarrador que enamoró su corazón, fuerza y garras para María, que con todas sus ganas embestía y a ése niño sola criaria.
En el amor María se endureció y ya nunca más amó, si quiso de corazón pero no ardió en ella la pasión.
Un buen hombre al mundo entregó y a una mujer regaló, retirandose a mirar de lejos la felicidad a ella robada y en su hijo multiplicada, que por extensión a ella llegaba en los besos que sus nietos le daban.
Y María florecia, juventud marchita que la edad compensaba en años que le regalaba.
lunes, 16 de diciembre de 2013
La felicidad de María.
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